Reflexión sobre el proyecto UCI Pediátrica
El proyecto UCI Pediátrica, desarrollado en el marco de Concomitentes, constituye un caso especialmente relevante para reflexionar sobre las tensiones, potencialidades y contradicciones de las prácticas artísticas colaborativas contemporáneas. A partir de la necesidad detectada por el personal de enfermería de la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos (UCIP), el proyecto articula un proceso de mediación entre profesionales sanitarios, agentes culturales y artistas para producir herramientas de acompañamiento emocional dirigidas a niños hospitalizados y sus familias: un cuento ilustrado, un pódcast documental y una biblioteca móvil (la cuidateca) (Concomitentes, s. f.). Más allá de sus resultados materiales, el proyecto permite analizar críticamente qué tipo de colaboración se desarrolla, qué papel ocupa el arte dentro de un contexto institucional sanitario y hasta qué punto puede hablarse de democratización cultural, inclusión o transformación social.
En primer lugar, resulta pertinente analizar el proyecto desde la distinción planteada por Hugo Cruz (2023) vista ya en el debate. La democratización cultural responde a un modelo vertical en el que las instituciones acercan la cultura a públicos considerados pasivos o carentes de acceso. En cambio, la democracia cultural implica reconocer la capacidad de diferentes comunidades para producir cultura desde sus propias necesidades y conocimientos (Cruz, 2023). En el caso de UCI Pediátrica, el proyecto se aproxima claramente al paradigma de democracia cultural, ya que no consiste en introducir arte en el hospital como elemento ornamental o terapéutico decidido externamente, sino en un proceso en el que el personal de enfermería identifica una necesidad concreta y participa activamente en la definición de las respuestas artísticas.
Este aspecto resulta especialmente significativo porque desplaza la autoridad tradicional del artista como figura central y sitúa el conocimiento experiencial de las enfermeras en el núcleo del proceso. Las profesionales sanitarias no funcionan como simples receptoras de una intervención artística, sino como agentes comitentes que definen el problema, validan las propuestas y participan en las decisiones. De este modo, el arte deja de operar bajo una lógica paternalista y se convierte en una herramienta situada de producción cultural ligada a necesidades concretas del entorno hospitalario. Sin embargo, este modelo también plantea interrogantes: aunque las enfermeras participan activamente, las decisiones finales sobre los lenguajes estéticos siguen siendo desarrolladas por especialistas culturales y artísticos. Esto sugiere que la horizontalidad del proceso, aunque relevante, no elimina completamente las asimetrías de conocimiento y legitimidad.
En relación con los modos de implicación, Del Río y Collados (2013) permiten comprender mejor la estructura colaborativa del proyecto. Los autores distinguen diferentes grados de relación entre artistas, comunidad y contexto, señalando que las prácticas colaborativas pueden oscilar desde una participación simbólica hasta formas de coproducción más profundas. En UCI Pediátrica, se observa un modelo de implicación relativamente elevado, próximo a una lógica de coproducción mediada, donde los artistas no imponen un resultado preconcebido, sino que desarrollan respuestas en diálogo con las necesidades expresadas por la comunidad implicada.
No obstante, esta colaboración no supone una desaparición de roles diferenciados. El personal sanitario aporta el conocimiento contextual y emocional derivado de la experiencia clínica, mientras que los artistas traducen estas necesidades a formatos culturales específicos. El mediador cultural (en este caso ZEMOS98) adquiere una función clave al facilitar la comunicación entre mundos profesionales distintos. Esto coincide con la idea de Del Río y Collados (2013) de que las prácticas colaborativas requieren mecanismos de negociación capaces de gestionar intereses, lenguajes y expectativas heterogéneas.
Asimismo, la implicación del artista en el entorno hospitalario refleja una determinada mirada hacia la inclusión y el derecho a la creación cultural. El proyecto reconoce implícitamente que tanto pacientes como profesionales sanitarios tienen derecho no solo a consumir cultura, sino a participar en procesos de creación vinculados a sus propias experiencias vitales. En este sentido, puede interpretarse como una práctica alineada con una perspectiva democrática de la cultura y con una ética del cuidado que reconoce saberes tradicionalmente invisibilizados, especialmente aquellos vinculados al trabajo afectivo y feminizado de la enfermería.
Esta cuestión conecta con los planteamientos de Ángela Palacios (2024), quien insiste en que trabajar colectivamente implica prácticas cotidianas de escucha, negociación y cuidado que suelen permanecer invisibilizadas. Aunque UCI Pediátrica no se define explícitamente como un proyecto feminista, incorpora dinámicas cercanas a una política de los cuidados: se dignifica el trabajo emocional de las enfermeras, se reconoce su experiencia como fuente de conocimiento legítimo y se construyen herramientas orientadas al bienestar emocional de niños y familias. La colaboración, por tanto, no se reduce a un procedimiento técnico, sino que implica una reorganización afectiva de las relaciones entre agentes.
Sin embargo, el análisis del proyecto también debe considerar las críticas formuladas por Claire Bishop (2006) sobre el llamado social turn del arte contemporáneo. Bishop cuestiona aquellas prácticas colaborativas cuya legitimidad se basa exclusivamente en criterios éticos o sociales (como la participación, inclusión o cohesión comunitaria) sin atender suficientemente a su dimensión estética y política. La autora advierte del riesgo de que ciertos proyectos sean celebrados únicamente por producir “buenas relaciones sociales”, evitando un análisis crítico de sus contradicciones o limitaciones (Bishop, 2006).
Desde esta perspectiva, UCI Pediátrica presenta una tensión interesante. Por un lado, sus objetivos sociales parecen claramente prioritarios: humanizar la UCI, reducir el miedo infantil y facilitar el acompañamiento emocional. El valor del proyecto parece medirse principalmente por su utilidad práctica y su impacto afectivo. Esto podría situarlo dentro de las formas de arte socialmente comprometido que Bishop cuestiona por privilegiar el consenso sobre el conflicto.
No obstante, reducir el proyecto a una intervención funcional sería simplista. Las obras creadas no son meros instrumentos asistenciales, sino dispositivos culturales que transforman simbólicamente el espacio hospitalario y resignifican las relaciones de cuidado. La cuidateca, por ejemplo, altera las formas de habitar un entorno dominado por la lógica médica y tecnológica, introduciendo dimensiones narrativas, lúdicas y emocionales que cuestionan implícitamente la frialdad institucional de la UCI. En este sentido, el proyecto produce una intervención política aunque no sea confrontacional: evidencia las carencias emocionales del sistema sanitario y muestra que el bienestar no puede reducirse exclusivamente a la atención clínica.
Sin embargo, siguiendo el cuestionamiento de Bishop (2006), también conviene preguntarse qué formas de exclusión permanecen invisibles dentro del proyecto. Aunque se diseñan materiales accesibles y multilingües, la participación directa de niños y familias en el proceso creativo parece limitada respecto al papel central del personal sanitario. Esto abre preguntas sobre quién representa realmente la voz de los pacientes y hasta qué punto el proyecto logra incluir todas las subjetividades afectadas por la experiencia hospitalaria.
El caso muestra una relación particular con el mundo del arte. Aunque los resultados circulan en instituciones culturales y espacios de difusión pública, el centro del proyecto permanece anclado en un contexto no artístico: la UCI pediátrica. Esto modifica profundamente la lógica habitual de producción artística, ya que el valor principal no reside en la exhibición ni en el mercado, sino en la utilidad situada y la sostenibilidad de los dispositivos creados. Al mismo tiempo, la legitimidad artística aportada por la red Concomitentes permite ampliar la visibilidad pública del proyecto y generar reconocimiento institucional hacia formas de cuidado históricamente poco valoradas.
En conclusión, UCI Pediátrica representa una práctica artística colaborativa compleja que se sitúa entre la democracia cultural, la coproducción y el arte socialmente comprometido. El proyecto logra desplazar parcialmente la autoridad artística hacia la comunidad implicada, reconoce el valor político del cuidado y transforma simbólicamente un entorno hospitalario profundamente medicalizado. Sin embargo, también evidencia tensiones propias de estas prácticas: persistencia de jerarquías, límites de la inclusión y predominio de objetivos consensuales frente al conflicto. Precisamente estas contradicciones, lejos de invalidar el proyecto, permiten comprender la complejidad de las prácticas colaborativas contemporáneas y sus posibilidades reales de transformación social.
Bibliografía
Bishop, C. (2006). The social turn: Collaboration and its discontents. Artforum, 44(6).
Concomitentes. (s. f.). UCI Pediátrica. https://concomitentes.org/concomitancias/uci-pediatrica-tenerife/
Cruz, H. (2023). La dimensión artística. En Prácticas artísticas, participación y política (pp. 99–109). Neret Edicions.
Del Río, A., & Collados, A. (2013). Modos y grados de relación e implicación en las prácticas artísticas colaborativas. Creatividad y Sociedad, (20).
Palacios, A. (2024). Desprenderse de los vicios no es fácil. (Algunos apuntes sobre hacer en colectivo). Polièdrica.


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